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Esta página es un homenaje a todos aquellos que, por un motivo u otro, alguna vez se ponen el mundo por montera y salen en busca de su sueño. Unos lo consiguen; otros, sencillamente, mueren en el intento.

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".... he tenido una vida feliz y doy gracias al Señor. Adiós, bendiciones a todos.Gracias"  (Chris McCandless)

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Voy a contar la historia de dos hombres que jamás se conocieron. Empecemos por el último y más trágico: Chris McCandless. En abril de 1992 este joven de 24 años rompió con la civilización del confort y se internó en los bosques de Alaska. Se olvidó de familiares y amigos. E intentó sobrevivir en la soledad y el frío, tras la huella de su propia sombra. Cuatro meses más tarde lo encontraron muerto, en estado de descomposición, dentro de la carcasa de un autobús extraviado entre la maraña de vegetación y nieve. Se supo después que antes de morir McCandless había recorrido el norte del continente americano en un viejo y destartalado Datsun. Cuando el automóvil lo dejó varado, comenzó a pedir cola siguiendo los pasos perdidos de Kerouac. Lo recuerdan como un muchacho tranquilo y silencioso. También como un ser humano poseído por fantasmas personales.

El otro personaje se llama Jon Krakauer (Oregon, 1954), se gana la vida como periodista en la revista
Outside (que desarrolla el perfil del turismo de aventuras), está vivo, y seguramente compartió con McCandless una viejísima y sabia idea romántica del siglo diecinueve: el héroe se hace grande frente a las fuerzas desatadas de la naturaleza. Sentado en la redacción de Outside, escuchó la historia de la muerte de Chris McCandless, pensó en su cadáver olvidado dentro de un autobús en el corazón salvaje de América, y supo que se convertiría en un mito moderno. Entonces le propuso a su editor que investigaría el caso.

Lo que comenzó como curiosidad periodística terminó en viaje iniciático para Jon Krakauer. A medida que profundizaba en la personalidad de McCandless, descubría que había sido devoto de la literatura rusa (Tolstoi), de los escritores americanos Emerson y Thoreau, y por supuesto del aventurero Jack London, con quien compartía el amor por los paisajes desoladores de Alaska. Con estos autores dialogaba, en una vida que intentaba parecerse a la irrealidad de la ficción. Todos sus diarios están escritos en tercera persona, y en algunos casos con nombres cambiados. Uno de sus dobles se llama Alexander Supertramp, tal vez la más intensa de sus voces.

El artículo escrito para la revista norteamericana Outside resultó demasiado corto y limitado para contar la historia de McCandless, en su plenitud de citas, anécdotas, tics personales y reconstrucción de vida. Por eso se transformó en un libro, Hacia rutas salvajes (Ediciones B, 1998. Into the wild, 1996), que puede leerse como una biografía de un ser poseído por la contracultura de los años sesenta, como un libro de viajes tras la pista de un mito, y como una reflexión personal también: lo que una persona puede descubrir sobre sí mismo cuando escribe sobre los otros.

McCandless crece en el libro de Krakauer como un personaje tan carismático que por momentos se acerca a la santidad. Resultaba excéntrico en la utilización de sus recursos personales: se empecinaba en regalarle los escasos dólares con los que malvivía a lúmpenes, prostitutas y locos de la calle. Comía como un asceta, y no se detenía casi nunca. Las fotos que ilustran su travesía por los caminos de América lo exhiben delgado, famélico, con un aire de Jesucristo que bien podía ser entendido como un remedo del Che Guevara desideologizado, en territorios inhóspitos.

McCandless deseaba doblegar todas las debilidades que lo habían marcado en su infancia y adolescencia, mientras se educaba como un muchacho tradicional y juicioso. Quería retar su temple, probar que era capaz de internarse en las oscuridades de su alma (el paisaje más lejano posible) y salir ileso. "La vida que lleva la mayoría de la gente me parece insatisfactoria. Siempre he querido vivir experiencias mucho más ricas e intensas'', escribió en uno de sus diarios. No lo logró del todo. Acaso pudo -desde la paz insondable de la muerte- seducir a un periodista, que lo sacó del olvido y lo ratificó como una leyenda contemporánea que apenas sobrevivió 24 años.

 


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